jueves, 25 de octubre de 2007

De boliches y amor III

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- Cuidáte.
- Nos vemos.
- Un beso.
- Hasta luego.
El dialogo breve.
Su voz al teléfono.



Hoy,
otra voz contesta.
No respondo,
cuelgo.
Silencio, suspiros,
recuerdos.



El gallego
del otro lado del mostrador frontera,
que sabe lo mío,
entorna los ojos
asintiendo triste,
mirándome fijo.




Después,
buscando mi sonrisa
como un hermano, dice castizo:
"Esta es mía, chaval"
y con una guiñada cómplice
llena mi copa nuevamente.





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(La mesa de Don Daniel esta vacía, como nunca.)





Se van los mas viejos,
luego los no tanto
y los que "quien iba a pensar",
de golpe,
hasta que llega nuestro turno
y quedamos al frente,
en la trinchera,
peleando batallas de una guerra perdida.
La Vida,
esta pelea permanente
de explícito final.
(Por eso – coincidamos -
alguna copa ayuda.)





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Nostalgia maldita.






Creí ver a mi padre,
en aquel señor pelado, de lentes y sombrero.
Pero mi padre murió hace más de treinta años.
Mi tía dio vuelta allí en la esquina,
con su sonrisa franca y bondadosa.
Pero mi tía murió hace seis.
A mi madre la vi caminando entre la gente,
con su típico peinado, su perrita
y aquel saco celeste.
Pero mamá se fue hace cuatro.
Pasó sonriendo en una moto,
mi amigo José Luis
y siento en ocasiones los comentarios de Pedro
a mis espaldas,
pero los dos no están,
desde hace años.
Y lo mismo me pasa con tantos otros,
¡cuantos!,
porque estoy enfermo, enfermo de nostalgia
y se que en mi caso es incurable.
(Desde el ventanal del bar
veo la vida pasar,
aprieto fuerte mi vaso
y me da por pensar.)




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Como una madre me recibe. Ella a sentido mis codos innumerables veces, mis caricias y algún golpe de bronca también cuando el dolór, la bronca o alguna de tantas pérdidas. Siempre calma, tolerante. La he mojado, me he apoyado en ella suplicante, he llorado en ella, le he vomitado encima y siempre comprensiva. Tantos recuerdos, vieja barra del café y siempre vos, siempre estas vos en medio de ellos. Hoy, como duele ese cartel de remate verdugo, limitante y el no tener toda la guita para poder comprarte y conservarte, vieja barra de roble centenario, vieja nona pulida, compinche, consejera, especie de escenario callejero de ese teatro que es la vida.





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Un café,
un simple café mientras se acaba,
aunque el cristiano este siempre callado
mirando fijo la mesa
como revisando el mantel con la mirada,
un simple café
es tiempo suficiente,
para que por la mente le desfilen
una manifestación de viejas voces,
un carnaval de emociones y recuerdos,
un terremoto de ideas,
la vida entera,
mientras disfruta callado y solo
de una simple y pequeña
taza de café.





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Siempre puedo recordar la mesa en la ventana, el olor de aquel bar de Tapes y Agraciada, el mozo veterano - glorioso Don Daniel - que siempre toleraba mis estudios de horas y horas acompañado solamente por una mixta y un café. Pero era igual, aunque el patrón se quejara el hombre era compinche de mi necesidad de buscar un futuro, la mesa estaba ahogada por los libros y entre ellos la mixta, el café y mi necesidad de tener un rincón donde estudiar para algún día poder decir: "Lo logré." Y así se fueron años, nos fuimos de ese barrio, ya no volví al café pero recuerdo como si fuera hoy día el olor al boliche, la risa de Daniel, el grito aquel del pedido, con énfasis de Sargento dando órdenes, antes que yo hablara, cuando él me veía entrar al recinto sagrado: "¡Marche una mixta y un café!"





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La mesa pequeña y redondita
de cármica marrón,
el séptimo vaso mínimo
de grapa con limón
que intentan arreglar sin conseguirlo
el dolor de amor,
del mal de amor
que al menos se mitiga
cuando avanza el alcohól.
Los recuerdos se quedan
y duelen más y más
porque aquí estoy yo
pero vos no
y con más copas tampoco lo remedio,
el alcohól me deja bravucón y pendenciero,
solitario entre toda esta gente
que no puede comprender
como duele tener
desgarrado el corazón
y sin remedio.





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Vos comprendes,
no es personal,
estoy embroncado conmigo mismo
porque no puedo
- por más que tomo,
por más que quiero -
no puedo olvidarte,
no te pudo sacar de mi cabeza.
Aunque estoy solo
te presiento en la pieza,
vos me faltas
La mesa pequeña mil historias,
ahora me acoge como vientre,
en ella duermo vencido
de tanto alcohol,
de tanto dolor.





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Ir quebrando al medio
los mondadientes uno a uno
armando una estrella
en la mesa del bar
entre platos y tazas
(lo quebrado hacia el centro
las puntas como rayos
y después del trabajo
poner agua en el medio
y ver a la estrella
agrandarse de a poco)
Porque prefiero hacer manualidades
que pelear con tus celos
que escuchar tus responsos
que sentir tus reclamos
O mejor esperar
y cuando estés cansada
para que ya no hables
taparte la boca con un beso...
¡eso, eso es,!
exactamente
eso.





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Ya pasaron las nueve y la duda comienza, pero la esquina es esta, este es el café y es esta nuestra mesa como siempre lo ha sido, como todos los días.
El mozo me dice que no te ha visto, que te pasó algo - ¿o me habrás dicho mañana?. Pero veo llegar tu cara perfecta, iluminar todo al entrar boliche sonriendo, quitándote el abrigo.
Te acercas apurada, ya te tengo conmigo, ya no me falta nada.
El mozo sonriendo nos mira complacido y pide tu café como estaba previsto.
Ya juntos frente a frente, mientras tus manos tímidas se pierden en las mías me invade tu fragancia, tus labios me dan vida.

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